NOTAS SOBRE
LAS TRAMPAS DEL BURNOUT
Juan Carlos
Tazedjián, psicoanalista
Publicado en Lacan emancipa, Revista de la izquierda
lacaniana, Madrid, octubre 2020
Todo
psicoterapeuta que ejerza su práctica en hospitales públicos o privados puede
constatar el progresivo aumento de derivaciones psiquiátricas con el
diagnóstico de trastorno depresivo ansioso, cuyos síntomas predominantes son:
nerviosismo, insomnio, desgana, susceptibilidad, irritabilidad, dolor de
cabeza, mareos, sensación de agotamiento o fatiga, palpitaciones, anhedonia… En
estos casos -como en casi todos- el paciente tiene una interpretación de tipo
explicativo, acerca de la “causa” de su malestar. Las más frecuentes:
dificultad en la elaboración de un duelo, problemas económicos, diagnóstico de
una grave enfermedad, intervención quirúrgica con consecuentes limitaciones
vitales, abandono por parte de la pareja, infidelidades que llevaron a lo
insoportable…
Pero desde
aproximadamente una década, va adquiriendo predominancia, una nueva: la
imposibilidad de soportar el maltrato recibido en el trabajo. Horas extras que
no se pagan, vacaciones recortadas, constante presión de los jefes exigiendo
mayor rendimiento o llamando la atención (desde la riña hasta el insulto),
cambio arbitrario de actividad u horario, carga excesiva de trabajo. Para ser
precisos, no se trata del trabajo en sí, de la faena a realizar -que en muchos
casos es hasta agradable- sino de las condiciones de trabajo, que llegan a
transformarse en una obsesión, un pensamiento que absorbe las ideas y hasta los
sueños y genera una sintomatología semejante a la que tanto el DSM como el CIE
10, describen como trastorno depresivo ansioso y que “el protocolo” dice que
debe tratarse con un antidepresivo, un ansiolítico y, en algunos casos, con
psicoterapia.
Este cuadro
afecta tanto a operarios de fábrica, como empleados de tiendas, comerciales,
obreros de la construcción, pero también a funcionarios como maestros,
empleados de justicia, trabajadores de la salud, administrativos, informáticos
etc. Se podrá argumentar que no es ninguna novedad, que “siempre ha habido
explotadores y explotados”, incluso en condiciones mucho peores que en los
tiempos actuales en que los derechos del trabajador están a la orden del día.
Sin embargo, hay algo nuevo, habrá algo nuevo. La Organización Mundial de la
Salud incorporará en la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) 11ª
edición, que será vigente a partir del año 2022, el “burnout”: síndrome de
desgaste profesional, síndrome del quemado o síndrome de fatiga en el trabajo.
Antes de considerarlo un avance en el reconocimiento de la explotación
capitalista de la fuerza de trabajo, es preciso analizar más en detalle la
cuestión.
Este
significante ya existe en el CIE 10 bajo el rubro de “problemas relacionados
con dificultad en el control de la vida”. Pero en la versión del 2022 adquirirá
un rango mayor y tendrá su capítulo aparte para pasar de “problemas” a “un
síndrome conceptualizado como resultado de un estrés laboral crónico que no ha
sido satisfactoriamente manejado”. En España, la jurisprudencia al respecto
dice que se trata de: “un síndrome de agotamiento físico y mental intenso,
resultado de un estado de estrés laboral crónico o frustración prolongado y que
según tanto la Psicología del Trabajo como la Medicina Forense es un trastorno
de adaptación del individuo al ámbito laboral cuya caracterización reside en el
cansancio emocional (pérdida progresiva de energía, desgaste, agotamiento y
fatiga emocional)”. No estoy de acuerdo con la insistencia surgida de la OMS en
que se trata de una “enfermedad laboral”: como el lumbago, el síndrome del
túnel carpiano, la exposición profesional a gérmenes patógenos, o las disfonías
de los maestros. Trasciende los límites del lugar o el puesto de trabajo y sus
condiciones, para encuadrarse dentro de lo que se da en llamar la subjetividad
de la época, en este caso, el sentido del trabajo para el sujeto en tiempos del
neoliberalismo. Esta perversión del “liberalismo”, que esconde tras el disfraz
de la “libertad” la mayor de las esclavitudes, última fase del desarrollo del
capitalismo, ha inoculado en la subjetividad de los hombres y mujeres de hoy
las ideas de rendimiento, productividad, competencia, como ideal y como valor.
Se podrá objetar que no es nuevo, que desde el siglo XIX las empresas funcionan
gracias a ello. Las empresas, sí. Pero
cuando esto se transforma en ideales y valores subjetivos, ya no hace falta que
sea el empresario quien lo exige sino el propio sujeto, que de este modo se
transforma en “empresario de sí mismo”. Y esta transformación lo escinde en
sujeto explotado y objeto mercancía.
Esta queja
respecto del trabajo, a poco que se deja hablar al sujeto, deriva hacia la
autocrítica, la llamada “baja autoestima”, la sensación de incapacidad para
trabajar “bajo presión” en constante competencia. El psicoanalista en la institución – aun
sabiendo que el trabajo está más cerca de la maldición bíblica que de la
llamada “salud mental” -, presta atención no sólo a las condiciones laborales
generales propias de este “nunca es suficiente” capitalista, sino a la posición
subjetiva singular de cada uno de los que acuden a solicitar su ayuda por haber
llegado al límite de la soportabilidad y no saber qué hacer con ello.
La baja
autoestima de la que se queja el paciente, nombre que le inocularon los libros
de autoayuda para hablar de ese sentimiento de “no ser capaz”, “no dar la
talla”, “no estar preparado para” cumplir objetivos y, por consiguiente,
sentirse culpable no es otra cosa que el “Sentimiento de insignificancia y
culpabilidad”, dos características que Freud atribuía a la melancolía. El de
hoy, melancólico por necesidad, feliz por obligación, con una felicidad
semejante a la del débil mental, de la que hablaba J. Lacan. “No seré feliz,
pero tengo marido”, comedia irónica que lleva 15 años en cartel en los teatros
de Buenos Aires. “No seré feliz, pero tengo trabajo”, drama irónico que lleva
muchos años más en el escenario mundial neoliberal. Dos formas de enunciar una
felicidad bajo la forma de la negación. “Para lo que valgo, esto es lo que
tengo”. Las dos caras del llamado burnout:
1. Depresión
por la explotación laboral.
2. Gozosa
felicidad por la posición melancólica de tener trabajo aún sin merecerlo.
Por lo
tanto: ni síndrome ni enfermedad, el burnout no es otra cosa que el nombre de
uno de los padecimientos, envoltura formal de las modulaciones de
mercantilización del propio sujeto, llevadas a cabo por las relaciones
laborales propias de la trama neoliberal.
El
psicoanalista -que no trata ni con la enfermedad” ni con la “felicidad”- no
adopta la posición “culturalista”, para la cual se trataría del efecto
“directo” de las condiciones de trabajo de la época. Tampoco se alinea en la
concepción psicologizante de considerarlo un trastorno de desadaptación a
dichas condiciones, tal como lo sugiere la OMS. Rechaza también la concepción
biologicista por la que sería de una deficiencia a nivel neuronal. La dirección
de la cura analítica orientada por lo real apuntará al goce innombrable del que
se alimenta el síntoma, pero “uniendo a su horizonte” el camino a recorrer
hasta él: la travesía de los semblantes que constituyen la subjetividad
neoliberal construída -entre otros aparatos ideológicos- por la OMS, sus
manuales, sus autores, ejecutores y clientes. Con el cuidado de no reforzar la
transformación de la responsabilidad en culpa y la resistencia a la servidumbre
en la trampa llamada burnout.
(Cuando di
por terminadas y guardé en una carpeta estas notas, aún no se había hecho tan
destructivo el poder del covid19, ni estábamos en cuarentena, ni podíamos
imaginar que esta minúscula proteína pudiera ser capaz de poner en crisis al
neoliberalismo. “Pudiera ser”, digo, aunque también podría fortificarlo. Con lo
cual, lo anterior deberá ser reescrito en su momento, ya que trabajo,
“autoestima”, burnout, depresión, melancolía y… ¡felicidad! serán “otra cosa”
capaz de producir algo cuyo resultado dependerá del juego de fuerzas entre la
inmensa capacidad del ave fénix del capitalismo y las transformaciones que los
efectos de esta pandemia puedan llegar a producir eventualmente en la potencia
emancipadora de los acontecimientos de emergencia de lo popular).

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